Cara a Cara

Había luchado cuerpo a cuerpo en los sitios más variopintos, desde el techo de un teleférico hasta los pasillos colgantes de una antena parabólica, pasando por una estación submarina o la cola de un avión en pleno vuelo. Pero nunca lo había hecho en un tranvía. Se encontraba en la mítica ciudad norteamericana de San Francisco, famosa, entre otras cosas, por sus inclinadas y extensas cuestas por las que circulaban tanto automóviles como este tipo de transporte público a medio camino entre el autobús y el tren.

Había logrado infiltrarse en una peligrosa banda de mafiosos cuyo poder había alcanzado tal nivel que suponía una amenaza internacional. De hecho, se hizo necesaria la intervención de la CIA, pero fracasó en su intento de liquidarla, de modo que se vio obligada a pedir ayuda al Servicio Secreto Británico. 007 había sido elegido por el éxito que obtuvo en la operación personal que llevó a cabo contra una organización de estilo y envergadura similares: la liderada por el narcotraficante Sánchez.

Una vez se ganó la confianza del líder, un tal Max Dyath, aprovechó una reunión para colocar una grabadora MP3 bajo la mesa. Se excusó, abandonó la sala, montó en su Aston Martin DB5 y, utilizando un botón de su reloj Omega, activó la reproducción, en la que había grabado a varios de los miembros hablando sobre una conspiración cuyo objetivo era acabar con el liderazgo de Max. En realidad, Bond, debidamente disfrazado, les había obligado a leer unos textos la noche anterior bajo amenaza de muerte. Así, las palabras provocaron un enfrentamiento interno en la que los principales miembros de la banda acabaron muertos y el resto se dispersaron por las calles malheridos. Max, por su parte, había conseguido abandonar el edificio ileso gracias a que huyó por una salida oculta que sólo él conocía nada más comenzar el tiroteo. Sabía que aquello tenía que ser una treta del recientemente incorporado James Bond, pero sus compañeros habían optado por desenfundar las armas antes que hablarlo tranquilamente. Así pues, se puso como objetivo ir a por él. Supuso que pondría rumbo al aeropuerto, por lo que tendría que pasar por la Skies Street, una de las pendientes de mayor inclinación de la ciudad.

En efecto, le vio bajando por la cuesta. Lo que hizo entonces fue esperarle hasta que llegara a su cruce para chocarle y detener su avance. Evidentemente, Bond no se lo esperaba y no pudo hacer nada para evitar tan traicionera embestida. De hecho, pensó que se trataba de un despiste por parte del otro conductor, por lo que se bajó del coche para preguntar por su estado. Cuando vio que era Max y que portaba una ametralladora, se agachó tras su abollado Aston Martin y desenfundó su Walther PPK, esperando que al gángster no le quedaran demasiadas balas tras el reciente tiroteo en su cuartel general.

Afortunadamente para el inglés, así fue, ya que tras un par de ráfagas se quedó sin munición. Bond, sin embargo, se había preocupado más por cubrirse, de modo que le quedaba una bala en la recámara. Max, que había estado muy pendiente de los disparos que efectuaba su adversario, lo sabía, por lo que huyó en dirección al tranvía que pasaba en ese momento en dirección ascendente. 007 trató de alcanzarle durante ese sprint, pero falló el tiro y se vio obligado a subirse al vehículo para comenzar un enfrentamiento cara a cara.

Los pasajeros, conductor incluido, no tardaron más que unos segundos en abandonar el transporte cuando la pelea dio comienzo. Los puñetazos se alternaban con las patadas, pero les resultaba algo complicado dada la inclinación del suelo, por lo que no tardaron en agarrarse y tratar de efectuar algún tipo de llave contra el rival. Aunque Bond tenía la pendiente en su contra, logró, no sin esfuerzo, empujar a Max en dirección a la cabina. Esto provocó que el cuerpo de este chocara contra el panel de mandos, accionando la palanca que controlaba la aceleración hasta su potencia máxima. Poco después, el motor emitió una retaíla de extraños ruidos antes de detenerse, dejando al vehículo a merced de la gravedad.

Este cambio repentino de dirección hizo que los contrincantes cayeran rodando por el suelo hasta la parte trasera del tranvía, donde continuaron golpeándose sin piedad. La velocidad siguió aumentando cuando se aproximaron al primer cruce de caminos, un tramo que rompía con la monotonía de la cuesta, al menos durante una docena de metros. La suerte estuvo de su lado: el semáforo estaba en verde, de modo que continuaron con el descenso sin mayores problemas… salvo por el pequeño salto, de apenas unos centímetros, que llevó a cabo el vehículo cuando se deslizó a tan excesiva velocidad por el regreso a la pendiente. De seguir así, no sería de extrañar que descarrilara tras el siguiente cruce, localizado a unas pocas decenas de metros más abajo.

Pero eso no parecía importarles a ninguno de los dos. Estaban plenamente concentrados en machacar al rival, en utilizar toda su furia y su fuerza en golpear al oponente hasta dejarle k.o. La sangre se deslizaba por sus rostros, mezclándose con un espeso sudor fruto del terrible esfuerzo que estaban llevando a cabo. Parte del mismo venía dado por la dificultad de luchar en un pavimento inclinado.

Bond decidió apartar por un momento a Max para ponerse de pie y observar el cruce al que se dirigían. En el anterior habían tenido suerte, pero en este podrían descarrilar fácilmente, bien por la tremenda velocidad a la que se desplazaban o bien porque el semáforo estuviera en rojo y acabaran colisionando contra un conductor inocente. Sin pensarlo dos veces, pegó una fuerte patada a Max a la altura del estómago, impulsándole contra la parte trasera del vehículo. El líder mafioso cayó rodando, dándose un fuerte golpe contra ese lateral. Después, fue a la cabina y accionó los frenos de emergencia. Cuatro chorros de chispas surgieron al instante de las ruedas, regando las vías y el asfalto. La velocidad se vio reducida, aunque no demasiado. Los frenos apenas lograban contener el rápido avance del vehículo. Tal es así que uno de ellos no tardó en salir despedido de sus sujecciones. 007 le había intentado detener demasiado tarde.
Estaba claro que finalmente iban a acabar atravesando el cruce. A Max no parecía importarle lo más mínimo. Sólo miraba a Bond con esa mirada asesina propia de alguien que había perdido su negocio y se encontraba en unas condiciones físicas deplorables por su culpa. Entre sus ansias de venganza y el dolor que le había producido presenciar la muerte de sus compañeros de la banda, el gángster pensaba sólo y exclusivamente en matar a su enemigo. Así, aprovechó que el tranvía se deslizaba sobre llano por el cruce para abalanzarse sobre 007. El inglés, preparado para saltar si veía venir alguna colisión, no reaccionó a tiempo de defenderse, por lo que cayó al suelo con Max encima de él. Recibió unos cuantos puñetazos antes de que él pudiera devolver alguno. Se estaba empezando a encontrar bastante aturdido.

Entretanto, varios coches frenaban en seco para evitar chocarse contra el chispeante tranvía, que ya había perdido un segundo freno. Un Mercedes estuvo realmente cerca del desastre, pues su parachoques quedó a escasos centímetros del anuncio de cereales visible en uno de los lados del ferrocarril. Un Hyundai se vio obligado a girar, derrapando y chocando lateralmente contra un Jaguar. Afortunadamente, fue un golpe bastante leve que no afectó apenas a los aterrados conductores.

El tranvía volvió a despegarse de las vías cuando terminó de recorrer el cruce para dar paso de nuevo a la inclinación de la larga pendiente. Esta vez, puesto que iban aún más rápido que en la anterior ocasión, alcanzó más de un metro de altura. Bond y Max salieron despedidos por el interior del vehículo, golpeándose repetidas veces contra el suelo, las ventanas y las paredes del mismo. Un segundo después, la suerte volvió a estar de su parte: las ruedas volvieron a encajar en los raíles. Eso sí, la velocidad siguió aumentando, pues poco después se desencajaron los dos últimos frenos.

Max consiguió agarrar a Bond por el cuello y llevarle a donde quería: al borde de una de las entradas. Quería que su cabeza rozara el asfalto, pero lo que iba a conseguir de aguantarle en esa posición durante unos segundos más, sería que recibiera un peligroso golpe craneal contra la rueda trasera de un ciclista. Este descendía con toda tranquilidad, ajeno al vehículo que se le acercaba por la espalda a gran velocidad. La razón: no se había percatado porque estaba escuchando música con un reproductor MP3. Bond debía sacar fuerzas de donde parecía no haberlas para quitarse de encima a su feroz rival antes de que se produjera la inminente colisión, un golpe que probablemente le dejaría inconsciente, mientras que el ciclista tendría muchas probabilidades de caer en la trayectoria del tranvía y morir aplastado.

Bond consiguió entonces propinarle un rodillazo, lo que hizo que Max perdiera algo de su terrible fuerza con la que le estaba dejando sin respiración. Luego le golpeó ambos brazos con sus codos, liberándose justo a tiempo de esquivar la bicicleta. Aprovechó para dar un cabezazo al gángster y quitársele definitivamente de encima con un brusco empujón. Esto le permitió volver a ponerse en pie mientras su adversario se dolía de sus nuevas contusiones en el suelo.

Miró por el ventanal trasero, que en realidad estaba haciendo de frontal, y vio que la siguiente “parada”, tras superar otro cruce, era el mar, ya que descarrilarían en la curva que llevaba al trayecto en paralelo al agua. Se alegró al ver que el semáforo pasaba de rojo a verde en ese momento. Así no tenía que preocuparse por una posible colisión con algún vehículo. El problema estaba en que iba a caer al mar tras un sinfín de vueltas de campana durante las cuales probablemente saldrían despedidos del vehículo por una de sus cuatro entradas, siempre abiertas para que cualquier transeúnte pudiera subirse en marcha.

Se dio la vuelta para volver a enfrentarse a Max, pero este se acababa de levantar, por lo que le propinó un fuerte puñetazo que le pilló por sorpresa. Luego trató de darle otro, pero esta vez Bond le detuvo. El gángster probó con una patada, pero su oponente se apartó en un movimiento ágil como pocos. Es más, le dio tiempo a cogerle la pierna e impulsarle en dirección a una de las entradas. Max se aferró al marco, evitando así caer. Pero no lo iba a tener fácil, pues Bond le seguía empujando y no andaba muy sobrado de fuerzas a aquellas alturas del enfretamiento. Se le ocurrió entonces aprovechar que su rival le estaba sujetando una pierna con ambas manos para atacarle con la otra, en una ofensiva de la que el inglés no pudo defenderse, recibiendo una potente patada en la sien. El impulso del golpe le lanzó bruscamente contra el cristal de la parte trasera. Mientras, Max recuperó la compostura, justo en el momento en el que el tranvía volvía a enderezarse: habían llegado al último cruce. Sólo faltaban unos pocos metros para la curva que les haría descarrilar, así que se situó de cara al exterior y se dispuso a saltar, pero Bond le agarró y le empujó hacia la parte central, haciéndole una zancadilla al mismo tiempo. Max se estampó contra el suelo mientras 007 saltaba y caía rodando sobre el asfalto. No recordaba haber dado tantísimas volteretas en toda su prolongada carrera. Su cuerpo se llenó de magulladuras y rasponazos varios, pero se alegró de conservar la vida una vez más.

No fue así en el caso de su enemigo, que no tuvo tiempo de volver a ponerse en pie y abandonar el tranvía, de modo que se vio involucrado en una angustiosa vorágine de golpes contra la carrocería del vehículo. En una de las volteretas salió despedido por una de las entradas en dirección al mar. La mala suerte hizo que cayera con el estómago sobre la barandilla para que, justo después, fuera aplastado por el habitáculo rotatorio en que se había convertido el ferrocarril urbano. El descuartizado cuerpo cayó al mar junto al amasijo de hierros ante una incipiente multitud de transeúntes que no dejaban de preguntarse cómo podía haber ocurrido semejante tragedia.

Entretanto, Bond trataba de limpiar su arruglado y ensangrentado traje Armani utilizando su pañuelo de lino. Una vez que se vio algo más decente –dentro de lo que podría estarlo- y dijo a todo aquel que se preocupó por su estado que se encontraba bien, se dirigió a la cercana parada de taxi. “Al aeropuerto, gracias.” Después de la paliza que le había dado el mafioso, pasaba de volver a por su lujoso Aston Martin. Q le regañaría como de costumbre, pero siempre podía objetar que se le habían destrozado una vez más con algún tipo de artefacto explosivo, por ejemplo.

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mukkamu