Deporte de riesgo

Nunca pensé que el fútbol americano pudiera ser considerado un deporte de riesgo. Pero sin duda en aquella ocasión sí que lo era. Me encontraba frente a los “New York Giants” sin más atuendo que un traje de Armani, un pañuelo de lino y zapatos de Gucci. Acababa de entrevistarme con el presidente del club con motivo de descubrir si pudiera tener algún tipo de conexión con el asesinato de 001, ocurrido mientras se hallaba investigando una trama de corrupción de gran escala. Aquella era la prueba de que el presidente estaba involucrado: me propuso que si lograba puntuar, me permitiría acceder a cualquier información que requiriese, incluyendo la guardada en su ordenador personal. En otras palabras, quería librarse de mí, pues en ningún momento me ofreció la posibilidad de abandonar el estadio. ¿Y qué mejor forma que hacerlo que a través de su equipo? Parecería un simple accidente deportivo.

- ¡Cógelo! – me dijo justo en el momento en el que me lanzaba el balón con forma de aceituna. Me encontraba a un tercio del campo para alcanzar la zona del “Touchdown”. A mitad de camino me esperaba un equipo formado por once mastodontes con más músculos que cerebro. Esperaba que esa fuera mi ventaja, junto a mi mayor agilidad.

Apenas empecé a moverme cuando el equipo echó a correr hacia mí. Opté por dirigirme hacia el lateral derecho, aunque primero hice un par de quiebros para hacerles dudar acerca de mi trayectoria. Esquivé al primero de ellos cuando se elevaba por los aires como motivo de agarrarme. El segundo y el tercero tampoco me supusieron un gran problema gracias a mis fintas varias. Pero el cuarto me golpeó en la pierna izquierda, lo que hizo que me cayera al suelo. Aún podía continuar, así que me levanté lo más rápido que pude, evitando que el quinto de los jugadores me aplastara. Al sexto y al séptimo les engañé con otro de mis ágiles movimientos, pero, de nuevo, el octavo logró golpearme en las piernas, esta vez con la suficiente fuerza como para hacerme rodar por la hierba. Esta caída les dio el tiempo suficiente a los tres jugadores restantes para tirarse encima de mí.

En mi vida me había sentido tan aplastado. La presión que ejercían sobre mí aquellos tres tipos me estaba dificultando la respiración. Menos mal que no tardaron mucho en levantarse.

- Casi lo consigue, sr. Bond.- exclamó el presidente del club.- Además, ha conseguido divertirme, de modo que le concederé una segunda oportunidad.
“Si es que consigo mantenerme en pie”, pensé, dolorido tanto por la caída como por el posterior aplastamiento. Me sentía débil a la par que cansado por el sprint que acababa de efectuar, pero, como siempre me sucede cuando alguien me reta, me propuse superar la prueba. Aunque en esta ocasión no me veía tan convencido de lograrlo, dado el extremo nivel de dificultad que suponía enfrentarse a un equipo profesional de fútbol americano, problablemente el mejor de la actualidad.

Así pues, retrocedí hasta el punto de partida, balón en mano, respiré hondo un par de veces e inicié un nuevo avance a la mayor velocidad a la que me era posible ir. Los “New York Giants”, que ya se habían colocado de igual forma que lo habían hecho en el anterior intento, volvieron a la carga. Esta vez opté por el lateral izquierdo. Aumenté el número de quiebros y fintas a cambio de perder algo de velocidad, lo que me permitió esquivar a los tres primeros adversarios con relativa facilidad. El cuarto casi me atrapa un pie, al igual que el quinto y el sexto, que estuvieron realmente cerca de conseguir abatirme con sus fuertes embestidas. El problema vino con el séptimo, al que casi esquivo, pero logró empujarme lo justo como para hacerme caer al suelo. Menos mal que rodé por el suelo de tal forma que me puse en pie de un salto a tiempo de esquivar al octavo jugador. Un quiebro muy brusco en la dirección opuesta a la que iba me permitió librarme del noveno, mientras que un salto hacia delante por encima del décimo me dejó a muy pocos metros de la línea de puntuación y a falta de sortear a los dos últimos jugadores. Lo iba a tener bastante complicado porque venían hacia mí al mismo tiempo. Además, notaba que ya no me quedaban apenas fuerzas para realizar más fintas, ni mucho menos para aumentar mi velocidad.

Se me ocurrió entonces la única forma que tenía de librarme de ellos: utilizar el cable retráctil de mi reloj “Omega”, enganchándolo al poste paralelo al suelo que toda portería de fútbol americano tenía. La distancia era la idónea, no así el grosor de la viga, lo que me obligaba a ser muy preciso. Con motivo de apuntar mejor, reducí la velocidad de mi carrera, para sorpresa de mis rivales, que hicieron justo lo contrario dada la oportunidad que les había servido en bandeja. Sus ganas de cogerme fueron aún mayores cuando vieron que llegué al punto de casi detenerme. Pero cuando aún les faltaban un par de metros, disparé el cable, que afortunadamente se enganchó al poste y me elevó, pasando por encima de sus cascos y situándome en un instante en la zona de puntuación. Me descolgué y posé el balón sobre la hierba.

- ¡Touchdown, caballeros!- exclamé entre fuertes jadeos, pero lleno de júbilo por haber logrado superar tan complicado reto, por no decir prácticamente imposible. La cara del presidente dejaba bien a las claras que no se esperaba en absoluto que fuera capaz de conseguirlo, fuera a parte que desconocía el dispositivo que llevaba en la muñeca. Su gesto se tornó por uno que venía a expresar la más intensa de las furias. Segundos después, ordenó a los jugadores que acabaran conmigo. No tardé apenas unas décimas de segundo en correr de nuevo, lo que tardé en recoger el cable rectráctil. Esta vez puse rumbo al graderío situado a mis espaldas, tras la zona de puntuación. Mi única posibilidad residía en salir del césped, para lo cual tendría que usar de nuevo mi sofisticado reloj.

Me estaban alcanzando. Casi podía oler sus alientos. Me quedaban unos pocos metros cuando el más cercano de ellos saltó hacia mí con la intención de agarrarme por los tobillos. Menos mal que di un pequeño brinco para que no lo consiguiera. Así pues, pude llegar a donde pretendía llegar, de modo que disparé el cable y, en cuestión de poco más de un segundo, ascendí hasta la barandilla. Inmediatamente después, sin perder tiempo, volví a correr para tratar de alcanzar al presidente, que se encontraba subiendo por las gradas centrales del estadio en dirección al palco. Como no se había percatado de mi fuga, iba tranquilo, sin ningún tipo de prisa. No fue así cuando oyó mis pasos por el pasillo de la primera fila. Pero entonces ya era demasiado tarde. Dada su corpulencia –una manera suave de definir su obesidad- apenas me supuso esfuerzo darle caza, ya que su velocidad dejaba mucho que desear.

A partir de ahí, todo fue coser y cantar. Le obligué a que me diera pruebas de su relación con la trama de corrupción que había investigado 001. Era eso o su vida, por lo que no le costó mucho decidirse. El juicio posterior le llevó a la cárcel junto a otros empresarios de alto nivel de la ciudad. Caso resuelto.

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