Agente doble

Era el tipo de misión que más odiaba Bond: la de convertirse en un agente doble, es decir, simular su deserción del Servicio Secreto de su Majestad para formar parte del bando enemigo. En ocasiones era la única manera de derrotarle. En otras, se hacía necesario por la inminencia de un ataque terrorista o similar. En cualquier caso, no le gustaba porque era muy probable que tuviera que matar a algún inocente para ganarse la confianza del oponente. Pero se alegraba de pensar en la suerte que había tenido, pues rara vez le habían encargado este tipo de operaciones. No cabía duda de que M quería que su mejor agente se sintiera a gusto, pero había situaciones en las que el primer Ministro tomaba cartas en el asunto y ahí el jefe de 007 no podía hacer más que acatar órdenes. Situaciones tan desesperadas como la que iba a afrontar en aquella ocasión: se debía infiltrar en un grupo terrorista que estaba preparando un ataque a gran escala contra Londres. Poco más se sabía acerca del atentado. La información de la que disponían tenía más que ver con cómo unirse a la banda criminal.

Tras superar no pocas pruebas –algunas de ellas tan peligrosas como pasar colgado de una cuerda por encima de un campo de minas y otras tan desafortunadas como matar a sangre fría a un enemigo de la banda-, Bond logró ganarse la confianza de su líder, cuyo nombre en clave era Triple W. Obtuvo tan buenas calificaciones que se ganó un puesto en la operación denominada “El Fin de los Tiempos” y cuyo objetivo era la capital inglesa. Justo lo que 007 necesitaba para descubrir los entresijos del atentado y planear su desarticulación.

Todo parecía ir sobre ruedas cuando un día, mientras dormía, le inyectaron un somnífero. Cuando despertó, se encontraba a los mandos de un Boeing 747 en pleno vuelo. Mejor dicho, esposado ante los mandos. Había recobrado la consciencia cuando Triple W en persona le había susurrado al oído: “Despierte, sr. Bond. Prepárese para su gran día: va a ser conocido como el artífice del mayor atentado terrorista de la historia de Londres.” Atónito ante aquellas palabras, el agente 007 enseguida vio a qué se refería: el avión se dirigía hacia el Big Ben. “De ahí lo de El Fin de los Tiempos”, pensó. Iba a destruir el monumento más representativo del Reino Unido. Debía impedirlo fuera como fuese, puesto que, además, le iban a culpabilizar de todo, manchando su brillante carrera… siempre y cuando lograran identificar sus restos, claro.

“Disfrute del vuelo, sr. Bond”, fueron las últimas palabras de Triple W antes de saltar en paracaídas. 007 observó las coordenadas en las que se hayaban para saber cuál había sido su lugar de aterrizaje, pues, si salía de esa, lo primero que haría sería ir a por él. Pero ahora no debía pensar en eso sino en cómo iba a conseguir liberarse, ya que carecía de los ingeniosos artilugios de “Q”. Ni siquiera le habían dejado el reloj “Omega”. Puesto que habían usado esposas, la única solución pasaba por dislocarse los pulgares, un truco infalible pero costoso por el dolor que produce. Menos mal que Bond ya lo había hecho en tantas ocasiones que se podía decir que para él era casi como montar en bicicleta. Una vez dispuso de ambas manos, advirtió que la colisión con el Big Ben estaba realmente próxima. Tomó los mandos y ladeó el avión ante la mirada de cientos de personas que se habían detenido en las calles cercanas para observar, aterradas, la inminente catástrofe. Un halo de esperanza tornó sus rostros cuando vieron que el gigantesco vehículo estaba empezando a virar.

“Vamos, ¡vamos!”, murmuraba Bond, preso de la tensión provocada por la cercanía del reloj. La lentitud que caracterizaba a los Boeing le hacía pensar que no lo iba a conseguir por muy poco. Las agujas marcaban las 4:59. “La hora del té”, pensó lleno de furia. No cabía duda de que los terroristas habían elegido esa hora para la colisión que heriría a todo el país. Siempre que un inglés tomara té, recordaría el atentado.

“¡VAMOS!”, gritó mientras tiraba de los mandos todo lo más que podía. Parecía que lo iba a lograr. Tenía sus dudas acerca del ala derecho, pero por lo menos sabía a ciencia cierta que el avión en sí no atravesaría el más mítico de los símbolos anglosajones. La gente empezaba a suspirar de alivio cuando, en efecto, el extremo del ala derecho golpeó contra el lateral del reloj. Un pequeño trozo voló por encima del Parlamento mientras el Boeing temblaba ligeramente. Por fortuna, a Bond no le costó enderezar el aparato. Es más, consiguió virar 180º y poner rumbo a las coordenadas en las que Triple W había saltado en paracaídas. Luego redujo la velocidad al mínimo. Eso aumentaría las posibilidades de divisar al líder terrorista, aunque iba a resultar muy complicado, casi como buscar una aguja en un pajar.

La suerte le sonrió: era claramente visible en una lancha por el río Támesis. Su cara de asombro al ver al Boeing sobrevolándole era digna de ser fotografiada. Del inicial gesto de sorpresa pasó a uno de pura furia. El plan que con tanta precisión había calculado se había ido al traste por culpa de uno de sus elementos: el agente secreto 007, al que pretendía culpar del atentado con motivo de demostrar al mundo que incluso el más leal de los ingleses había traicionado a su decandente país, un país que debía ser cambiado según los designios de su organización criminal.

El problema que ahora tenía Bond es que estaba perdiendo altura. La maniobralidad tampoco era demasiado buena, así que debía efectuar cuanto antes un aterrizaje forzoso, pues existían posibilidades de que empezara a perder gasolina por el ala o, peor aún, que se incendiara su motor. Si a esto añadimos que no quería perder de vista a Triple W, la situación no podía ser más complicada.

Pero Bond siempre encontraba la solución en este tipo de situaciones límite. Lo que hizo fue dar un rodeo con el avión para situarlo justo en la dirección en la que se desplazaba su enemigo. Una vez hecho esto, empezó a bajar. Puso el piloto automático para siguiera esa trayectoria descendente, se dirigió a la puerta y cuando apenas quedaban cuatro o cinco metros de altura, salto al agua del río. Triple W no salía de su asombro: ¡el Boeing le estaba pisando los talones! Además, no podía hacer otra cosa más que acelerar al máximo puesto que el vehículo ocupaba todo el ancho del río. Como era de esperar, tuvo que saltar de la lancha ante la imposibilidad de librarse de semejante embestida, pero eso no sirvió de mucho, ya que un instante después fue triturado por el reactor izquierdo al tiempo que su lancha explotaba en mil pedazos al verse arrollada por la gigantesca cabina del avión. Muchos metros más adelante, el aparato se detuvo, prácticamente en idéntico estado al que se encontraba cuando le pilotaba 007, a excepción de la cabina, que había quedado destrozada en gran medida por la colisión con la lancha. En cuestión de segundos, se hundió, aunque no del todo, dado que la profundidad del río en aquella zona era más bien escasa. Quedó visible la parte superior del armazón.

Entretanto, Bond nadaba hacia la orilla, sano y salvo y lleno de júbilo por haber logrado dos objetivos en la misma jugada: evitó el atentado y acabó con el líder de la organización terrorista. Apenas pisó tierra cuando un paisano corrió hacia él con cara de preocupación:

- ¿Se encuentra bien, amigo? He visto que su avión ha caído.

- Tranquilo, estoy bien. ¿Lo ve? Ni un rasguño.

- Pues entonces acompáñeme, tenemos que rescatar a los demás pasajeros.

- No, no se preocupe, iba yo solo. En el avión sólo encontrará… carne picada.- como de costumbre, Bond no pudo evitar soltar uno de sus habituales comentarios sarcásticos. El paisano, mucho más calmado, le invitó a una cerveza. 007 lo aceptó con gusto, como si de un Don Perignon se tratara. Además, aprovecharía para utilizar el teléfono del bar y comunicar a M su impresionante éxito.

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