Francotirador aereo
Aunque pareciera lo contrario, en aquella ocasión el agente 007 no estaba de vacaciones. Por mucho que estuviera en una playa del Caribe atado a una lancha y ataviado con unos esquís y un parapente, tenía una misión por cumplir: debía liquidar a un importante traficante de armas. ¿Y qué forma podría haber más encubierta que hacerlo durante un apacible vuelo mientras se desplazaba por encima de las palmeras? Además, era la única manera en que podía tenerle a tiro, ya que Balthza prescindía de salir de la finca de su lujosa mansión siempre que acudía a la isla debido al temor que le suscitaba una banda rival que se hacían llamar los Hyrios.
En cuestión de segundos, Bond se encontraba a unos veinte metros de altura. Esa era la única cosa que podía alertar sobre sus verdaderas intenciones, ya que un turista en ningún caso superaba los ocho o diez metros. Pero si quería tener un ángulo perfecto, esquivando todo tipo de vegetación, debía permanecer a esa altitud.
Aprovechó el tiempo que tardó el piloto de la lancha en situarla en una dirección perpendicular a la costa y en línea recta con las coordenadas del GPS que le indicaban donde se hallaba la mansión para preparar su rifle de francotirador. No había mucho viento, así que las condiciones eran bastante favorables. Sin embargo, la dificultad del disparo estaba fuera de toda duda, ya que rara vez se utilizaba un arma así en movimiento.
Llegado el momento, divisó el objetivo. Relajó el pulso y trató de mantenerle en la mira durante unos segundos para asegurarse de que cuando efectuara el disparo, la bala finalizara su trayecto en lo más profundo del cráneo del objetivo. Balthza se encontraba tomando el sol en una tumbona, de modo que, en lo que a la diana se refería, lo tenía muy fácil.
Se disponía a apretar el gatillo cuando, de repente, algo alarmó al traficante. Los guardias le informaron de algo. Bond empezó a ver a una banda de tipos armados hasta los dientes en las inmediaciones de la finca, tratando de escalar sus altas murallas. Por las vestimentas que portaban, no había duda de que se trataba de un ataque de los Hyrios. “¡Maldita sea, justo ahora!”, pensó Bond, enfadado a más no poder.
A pesar del imprevisto, decidió continuar con la misión. Le comunicó al piloto de la lancha por walkie-talkie que fijara el rumbo y la abandonara. Quería disponer de algo más de tiempo, aunque eso conllevara que el vehículo acabara saliendo a la playa a toda velocidad y finalmente se chocara, casi con toda probabilidad, con algunas de las abundantes palmeras. El piloto dejó de rechistar y obedeció la orden cuando Bond le ofreció una cuantiosa suma por el bote. Terminada la discusión, el agente inglés volvió a poner el ojo en la mira telescópica. Afortunadamente, Balthza tenía fama de no acobardarse ante nadie, de modo que, en vez de ocultarse en algún rincón de la casa, se puso en una ventana a disparar contra los atacantes como si fuera uno de sus súbditos. Era algo que le había hecho merecer el respeto de otras bandas y, sobre todo, de sus aliados.
Aquella cualidad le iba a permitir a Bond alcanzarle con su disparo. Al menos, esa era su esperanza. El problema estaba en que el criminal no paraba quieto: disparaba y se ocultaba constantemente, como era lógico. Por si fuera poco, la lancha se estaba aproximando a la orilla. Le debían quedar unos pocos segundos para que colisionara contra la arena dura y pasara a la blanda con un brusco salto. Menos mal que en aquella diminuta playa no había bañistas porque en caso contrario más de uno hubiera corrido el riesgo de ser atropellado por la potente embarcación, que debía mantener una velocidad elevada para que 007 continuara estando a la misma altitud.
El inglés logró mantener el pulso y disparó justo cuando su objetivo se asomaba por la ventana. Desgraciadamente, la bala no le alcanzó, sino que produjo otro orificio más en la agujereada fachada de la mansión, llena de plomo procedente de las ametralladoras de los Hyrios. Volvió a intentarlo instantes después, sin casi tiempo de concentrarse, preso de la desesperación de ver cómo su bote se encontraba a escasos metros de la orilla. De nuevo, falló. “A la tercera va la vencida”, pensó, pero el tercer proyectil tampoco dio en el blanco. La lancha pasó entonces a la arena y siguió deslizándose tierra adentro, perdiendo velocidad rápidamente. “Ahora o nunca”, murmuró justo antes de efectuar el cuarto con el que sí le alcanzó, aunque no en la cabeza sino en el cuello. La diferencia estuvo en que tardó un par de segundos en morir, durante los cuales Bond temió haber fracasado.
Pero la operación no terminó ahí, ya que la banda de Balthza se percató de que había sido él, y no los Hyrios, quien había acabado con su líder, debido a que cuando efectuó el tiro, estos se encontraban huyendo del lugar, incapaces de hacerse con la mansión. Así pues, empezaron a disparar al parapente, agujereándole por doquier y, en consecuencia, iniciando un descenso cada vez más brusco. 007 lo único que podía hacer era dirigirle y esperar que no se rasgara.
Bond demostró de nuevo su habilidad cuando logró poner rumbo al aparcamiento donde había dejado su Jaguar descapotable, esquivando, además, las numerosas palmeras de la zona al seguir la dirección de la carretera. A esa altura ya no le preocupaban los disparos: era imposible acertarle entre tanta vegetación. Lo que sí le inquietaba era caer en mitad del asfalto en el mismo momento en que estuviera pasando un vehículo.
Le quedaban pocos metros para llegar, pero también poca altura. Tan poca que apenas alcanzaba los 4 metros, y seguía descendiendo. Lo veía dificil, pero, como era costumbre en él, no se rindió, y continuó dirigiendo el parapente lo mejor que pudo. Una corriente de aire le permitió subir algo, lo justo para que no tuviera que doblar las piernas cada vez que pasara una caravana o camión. Llegó entonces al aparcamiento y realizó el aterrizaje justo sobre el asiento de su coche. Cambió el arnés del parapente por el cinturón e hizo las maniobras necesarias para abandonar el lugar lo más rápido posible.
La alegría se había adueñado de su persona por haber cumplido al fin la misión cuando vio en la distancia a varios jeeps conduciendo a gran velocidad por el carril contrario: eran los miembros de la banda de Balthza. Sin pensarlo dos veces, realizó un derrape de 180º y regresó al aparcamiento. No había ninguna otra carretera para salir de él que la que estaba siguiendo, pero era mejor que enfrentarse cara a cara contra toda una banda armada.
Entonces le vino a la mente uno de los gadgets que disponía el Jaguar. Q ya había logrado algo parecido con la góndola que empleó en Venecia durante su misión “Moonraker”, pero nunca se había probado en un coche. Aquella ocasión le venía ni que pintada para comprobar si funcionaba correctamente. Así pues, se dirigió a toda velocidad hacia la barandilla frontal del aparcamiento, cuyo destino era una caída de una docena de metros hacia el mar. Tal era la rapidez con la que la embistió que no tuvo problema alguno en despedazarla e iniciar la caída. Justo después, pulsó un botón del cuadro de mandos y un bote hinchable surgió de los bajos del automóvil. Se hinchó en apenas 2 segundos, tal y como le había prometido Q, por lo que no se hundió en el agua sino que flotó. El siguiente paso consistió en activar la propulsión trasera. La matrícula giró y aparecieron dos toberas que emitieron sendas llamaradas. El Jaguar surcó los mares como si de una fueraborda se tratara.
Los traficantes, alucinados como nunca en su vida lo habían estado, ni siquiera intentaron dispararle, dada la distancia que les sacó en apenas unos segundos. Se enfurecieron enormemente, fruto de la impotencia provocada no sólo por el hecho de que el asesino se les escapara de entre las manos cuando pensaban que le tenían completamente a su merced en el aparcamiento, sino por no haber podido impedir la muerte de su líder a pesar de haber luchado con todas sus fuerzas contra los Hyrios, quienes, además, habían conseguido su objetivo gracias al habilidoso francotirador aéreo.
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