Huída Explosiva
Había logrado acceder al recinto tras la debida comprobación de su tarjeta identificatoria por parte del soldado de turno. Había entrado en el edificio mediante las huellas dactilares facilitadas por Q. Había introducido la contraseña necesaria para entrar en el almacén de armamento. Finalmente, había conseguido desbloquear la puerta que impedía la entrada a la sala de alta seguridad poseedora de armas químicas mediante el escaneo de la retina, una lentilla también fabricada por Q. Todo estaba saliendo tal y como se había planificado. Lo único que quedaba por hacer era colocar el explosivo oculto en su maletín para volar por los aires no sólo aquella estancia sino probablemente todo el piso y parte de los adyacentes.
Así lo hizo. Adhirió el paquete en el más recóndito de los lugares –entre dos cajas cualesquiera- y puso el temporizador a cinco minutos. Abandonó el habitáculo y fue retrocediendo sobre sus pasos en dirección a la salida del edificio. No tenía nada más que hacer allí, salvo alejarse antes de que se produjera la explosión.
El problema vino cuando se topó con un soldado que parecía conocerle muy bien, como si fueran amigos de toda la vida. Al menos eso fue lo que entendió Bond gracias a sus relativamente escasos conocimientos de danés. Habló un poco con él para disimular pero enseguida le comentó que tenía prisa, que tenía que marcharse urgentemente. El soldado le ofreció la mano para despedirse. Bond se percató de la suciedad que había en ella –parecía grasa de algún vehículo- pero no tuvo más remedio que apretársela. El soldado se dio cuenta entonces de que aquel tipo no era el coronel que conocía. Vestía igual y tenía un aspecto muy parecido al que recordaba cuando estuvo a sus órdenes hacía unos cuantos años, pero no hizo el gesto clave, el saludo de despedida que se hacían siempre. Para asegurarse de que estaba en lo cierto, el soldado le hizo una sencilla pregunta relativa a su pasado común: en qué cuartel se habían conocido. Evidentemente, 007 carecía de la respuesta, así que le propinó un fuerte derechazo directo a la mandíbula. Tal fue la potencia del golpe que el soldado cayó al suelo y quedó aturdido. Bond no disponía de tiempo para dejarle inconsciente del todo, así que echó a correr en dirección a la siguiente puerta, la anteúltima que le faltaba por atravesar para llegar a la de salida. Al igual que esta, requería huellas dactilares. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que una luz roja situada en el techo se encendió y una alarma comenzó a aullar por todo el edificio. Como había supuesto, el soldado le había manchado la mano de grasa lo suficiente como para que el escáner no reconociera las huellas y le impidiera el paso.
Sin pensarlo dos veces, retrocedió lo más rápido que pudo hasta llegar al soldado. El tiempo corría en su contra: un pelotón de compañeros de su aturdido “amigo” se estarían dirigiendo hacia allí y la bomba que había colocado estallaría en cuestión de 2 minutos y medio. Fue arrastrando al mecánico a lo largo de un par de pasillos hasta que llegó a la puerta. Cogió su brazó, posó su mano sobre el escáner –la limpia, obviamente- y la puerta se abrió. En ese momento, aparecieron por su espalda un grupo de cinco soldados. Le gritaron que se detuviera, pero Bond respondió con plomo, acabando con el líder y su compañero más cercano. Luego levantó el cuerpo del mecánico y le cargó sobre su espalda, haciendo de escudo para la inminente ráfaga de disparos. Notaba cómo la sangre salía a borbotones por cada una de las balas; menos mal que no era la suya porque hubiera muerto a los pocos segundos.
Tras unos cuantos metros en esa peligrosa situación, llegó al pasillo que conducía hasta la última puerta, la que comunicaba con el aparcamiento donde había dejado el jeep. Una puerta que también requería huellas dactilares, de modo que tendría que acabar con sus tres perseguidores para poder usar la del cadáver que llevaba a cuestas. Así pues, en un momento dado, se giró, cogió de nuevo a su “escudo humano”, esta vez de cara a él, y con la otra mano disparó. En esta ocasión llevaba una Beretta, la que solía usar el coronel al que estaba reemplazando. Efectuó tres disparos más, con lo que acabó con otro soldado. Le quedaba una bala para dos objetivos. Quedaban 32 segundos para que su bomba hiciera pedazos toda esa zona, bien por el estallido en sí o bien porque el techo se derrumbara. Tenía que pensar algo rápidamente o sería su fin.
Se fijó entonces en la presencia de un extintor en una de las paredes, en una posición muy cercana a la de los militares. Le apuntó con cautela, apretó el gatillo y… ¡bingo! La explosión que provocó les dejó malheridos y generó un boquete en ese tabique. Ya no tenía obstáculo alguno para abrir la puerta de salida. Arrastró al despojo humano en que se había convertido el mecánico hasta la terminal del escáner, posó su mano limpia sobre la pantalla y… la puerta no se abrió. Volvió a intentarlo. Nada. Una vez más. Tampoco. El edificio había sido sellado para evitar que el intruso se escapara.
Bond no podía hacer más que rezar, pues en los 20 segundos que le quedaban, no le daba tiempo a retroceder hasta su bomba y cancelar su detonación. Entonces miró casualmente a través del agujero que había provocado la explosión del extintor y vio que en esa sala había una mesa de oficina. Corrió hacia ella, la elevó para hacerla pasar por el boquete, ya que no llegaba hasta el suelo por unos centímetros, y la arrastró por el pasillo a la mayor velocidad que le permitieron sus agotados músculos, situándola frente a la puerta de salida, que era de cristal blindado. La colocó de forma que la parte superior quedara frente al pasillo, mientras que las patas miraban hacia la puerta. Se introdujo en ese habitáculo y mantuvo la esperanza de que el grosor de la madera contuviera la devastadora onda expansiva y le protegiera. Si además con el impulso se fragmentara la puerta, podría escapar del edificio de una vez por todas. O al menos, acceder al aparcamiento. En caso contrario, tendría que pensar en un plan alternativo en una situación aún más delicada que la que acababa de superar hasta el momento.
Miró su reloj. Quedaban 3 segundos. Se encogió de forma que la cabeza quedara protegida con su cuerpo. La bomba explotó. Una ola de fuego arrasó los pasillos y estancias colindantes al almacén de las armas químicas. Un segundo estallido, provocado por la inflamación de dichas armas, causó un destrozo aún mayor. La onda expansiva lanzó la mesa, con 007 encogido sobre uno de los laterales, con una fuerza mayor aún de la que el agente esperaba. De hecho, rompió sin problemas la puerta de cristal y volvió al suelo ya en el aparcamiento tras pasar por encima de una hilera de dos docenas de escalones. Bond salió rodando del tremendo impulso y se golpeó contra la rueda de uno de los coches. Sin más que lamentar que un par de magulladuras, se levantó y echó a correr hacia su jeep con cierto mareo, tambaléandose y algo aturdido. El guardia que custodiaba el acceso al recinto, cuyas órdenes en caso de alarma consistían en impedir la salida de cualquer individuo, corrió en dirección al general con motivo de ayudarle.
Bond se percató de que venía en su dirección cuando se disponía a poner en marcha el jeep. Le oyó gritar desde la distancia que si necesitaba ayuda en un primer momento, pero cuando se acercó algo más, desenfudó su ametralladora: se había dado cuenta de que no era el general porque no llevaba su gorra distintiva. Cuando le permitió el acceso al recinto se había fijado más que otra en la identificación. El rostro quedó parcialmente oculto tras la visera de la gorra. Ahora que le veía con toda claridad, no le cabía duda de que aquel era el intruso que había disparado la alarma.
Le instó a que detuviera el vehículo pero para entonces 007 ya estaba pisando a fondo en su dirección: iba directo a atropellarle. El soldado respondió con una ráfaga de disparos, pero a Bond le bastó con tumbarse lateralmente sobre el asiento del copiloto para evitarlos, sujetando el volante por su parte inferior. El guardia se concentró tanto en su tarea que a punto estuvo de ser atropellado. De hecho, tuvo que saltar y aún así el parachoques le golpeó una pierna, cayendo dolorido sobre el asfalto, de modo que lo único que pudo hacer fue observar cómo el agente inglés rompía la barrera de la entrada en mil pedazos y huía del lugar.
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