Imprevistos

Le perseguían. Había conseguido el disco, pero aún le quedaba huir de allí con vida, algo que en numerosas ocasiones se le complicaba. Siempre le resultaba más fácil entrar que salir. Ya era casi una costumbre que le ocurriese algún imprevisto de última hora que le obligara a escapar a gran velocidad mientras las balas silbaban a su alrededor. En aquella ocasión, sólo eran dos soldados. Podía haberse dado la vuelta y acabar con ellos, pero no era conveniente: a parte de que era de noche y la vegetación restaba visibilidad, habían dado la alarma, de modo que los refuerzos estarían en camino. Era preferible tratar de sacarles la máxima distancia y llegar así al punto de extracción, muy cercano por otro lado.

Cuando se estaba aproximando al lugar, hizo un último esfuerzo para hacer un sprint. De hecho, casi gastó más energía en esos últimos metros que en lo que llevaba de persecución. Finalmente, apuró hasta el borde el precipicio y saltó todo lo más que pudo para evitar posibles salientes rocosos.

Los soldados se quedaron tan atónitos que incluso perdieron algo de velocidad. No se explicaban cómo aquel tipo se había atrevido a saltar por aquel barranco directo a una muerte segura sobre una orilla llena de rocas. Pero entonces descubrieron que ocultaba un as en la manga, o mejor dicho, en el calzado: se asomaron en el momento en que sus botas emitieron un potente fogonazo, similar al de un jetpack, que propulsó al agente durante algo más de dos segundos, tiempo suficiente para alejarse de la barrera rocosa y caer, ileso, sobre las aguas.

Sin embargo, se alegraron al ver que no salía a la superficie. Habían pasado ya unos cuantos segundos y el agente no había dado señales de vida. Entonces oyeron el ruido de un motor. Su comandante estaba llegando al lugar en su jeep. Le informaron de que el enemigo había saltado y que parecía haber muerto en la caída. Pero el comandante, realmente cabreado por la infiltración de 007, optó por retroceder con su vehículo, acelerar al máximo y saltar con él por el precipicio. Otra forma de esquivar la aglomeración rocosa.

Una vez se sumergió, no tardó en vislumbar bajo las cristalinas aguas la presencia del agente, que se estaba colocando las aletas de un traje de buceo debidamente escondido en la zona. Era la última pieza que le faltaba por colocarse. Las gafas, las bombonas y el traje en sí ya los llevaba puestos. El comandante salió entonces a la superficie, tomó aire y buceó para enfrentarse a él, aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Debía detener a aquel agente a toda costa. Si el disco que le había robado llegaba a manos del gobierno para el que trabajara, fuera cual fuera, toda su operación se vendría abajo y supondría una muerte segura a manos de su general. Prefería morir luchando contra aquel enemigo que en un paredón de fusilamiento. Su honor militar lo era todo para él.

La luz era más bien escasa, a excepción de la que emitía una linterna incorporada en las gafas de Bond. El inglés se había percatado del hundimiento del jeep, pero se confío y no pensó en que alguien se atreviera a enfrentarse a él sin un equipo de buceo: le daba demasiada ventaja. Así pues, el general aprovechó su exceso de confianza para quitarle la boquilla de respiración, la usó para recuperar el aliento e inmediatamente después le propinó un fuerte puñetazo a la altura del estómago. Bond quiso reaccionar, pero entonces el militar le arrebató las gafas, desconcentrándole por completo. En tan sólo dos movimientos el agente había perdido los dos elementos que le otorgaban una clara ventaja sobre cualquier adversario. Había cometido un grave error, sin lugar a dudas, pero pensaba enmendarlo. Y no podía tardar demasiado: necesitaba oxígeno, necesitaba recuperar la boquilla de respiración.

Eso fue lo que intentó en un primer momento, pero el comandante se movía realmente bien en aquel entorno y no sólo se lo impidió sino que además le siguió golpeando. Debía haber sido entrenado en combate subacuático porque su destreza estaba fuera de toda duda. Tal es así que Bond se vio obligado a accionar las hélices que incluían las bombonas de oxígeno, añadidas, como de costumbre, por la sección Q. Ascendió a gran velocidad, consiguiendo que el comandante perdiera la boquilla de respiración, pero no fue lo suficiente como para que no le diera tiempo a agarrarle por el pie. El motor no tenía fuerza suficiente para arrastrar dos cuerpos, así que Bond le tuvo que apagar y volver a enfrentarse al militar. Aunque, claro está, primero se volvió a colocar la boquilla.

Si consiguiera zafarse del comandante aunque sólo fuera por un segundo, podría huir de él con facilidad por medio de sus aletas. Pero el insistente adversario continuaba agarrándole de la pierna y trataba de colocarse a su misma altura para proseguir con la lucha. 007 no tenía intención de volver a la pelea, así que trató de aguantar en esa situación hasta que su rival se ahogara. Este se estaba empezando a sumir en la desesperación. Tal es así que optó por sacar un puñal oculto en su bota derecha. Bond aprovechó aquel momento, en el que le estaba sujetando con una sola mano, para darle un aletazo en la cara con la otra pierna. Libre al fin de su captor, el inglés nadó lo más rápido que pudo. El comandante hizo lo mismo, pero dada la necesidad de oxígeno, no se puso a perseguir al intruso sino que ascendió hacia la superficie, muy a su pesar.

Cuando emergió, respiró a grandes bocanadas todo lo más rápido que pudo con motivo de volver a introducirse en las aguas en el menor período de tiempo posible y continuar su dificil y arriesgado enfrentamiento con el espía. Pero cuando lo hizo, este ya ni siquiera era visible: estaba alejándose a gran velocidad por medio de las hélices. El comandante regresó a la superficie enfurecido a más no poder. Sólo se alegró un poco al ver que dos de sus hombres se estaban aproximando por medio de una lancha provista de dos potentes focos. No tardaron en hallarle y, con él a bordo, poner rumbo en dirección a la que estaba siguiendo el enemigo, indicada debidamente por un radar térmico.

El plan que ordenó entonces el comandante consistía en adelantarle y, cuando estuviera más o menos debajo de su posición, lanzarle un par de granadas. Bond, entretanto, no podía hacer más que seguir avanzando, a la espera de lo que pudieran hacer los nuevos perseguidores. Estaba indefenso. Por una vez, el siempre ingenioso Q no había incluido ninguna arma a su equipo de buceo, dado que era de suponer que una vez bajo el agua no iban a surgir más problemas. Y es que la razón estaba en que se desconocía por completo que aquel regimiento dispusiera de medios marítimos. La lancha debía haber salido de algún tipo de cueva oculta cercana al precipicio desde el que efectuó el impresionante salto. “Otro imprevisto para la colección”, pensó Bond disgustado.

007 estaba ya tan cerca que los soldados estaban a punto de quitar las anillas de sus respectivas granadas. Bond se temía lo peor al ver cómo le esperaban. Pensaba que de un momento a otro iba a aparecer de nuevo el comandante, esta vez ataviado con un par de bombonas de oxígeno. O peor aún, él junto a dos o tres submarinistas más. No podría salir ileso de aquello. Llevarían arpones casi con total seguridad. Pensó en cambiar el rumbo, dar la vuelta o al menos torcer en alguna dirección. Pero se había mentalizado a que en aquella ocasión no había más escapatoria que la muerte. Iba a ser su última misión.

Entonces sonó un estallido enorme. Procedía de la superficie. Algo había explosionado muy cerca de la lancha. Tanto que era muy probable que hubiera alcanzado a su motor. Pocos segundos después, estalló en mil pedazos tras otra potente explosión: los soldados habían caído al suelo y uno de ellos con la anilla de la granada quitada.

Bond detuvo su avance y emergió por el simple hecho de satisfacer su curiosidad. La lancha se había convertido en una bola de fuego y un sinfín de pedazos flotaban en la superficie. Entre ellos se encontraba una gorra militar medio calcinada. No muy lejos de allí, quizá a tres o cuatro kilómetros de distancia, vislumbró una silueta que le resultaba familiar: era el submarino desde el que había iniciado la misión y al que debía acudir cuando hubiera cumplido la misma. Uno de sus misiles le había salvado la vida. Lo que le extrañó fue que los artilleros hubieran fallado a propósito, porque la lancha explotó algo después. El sofisticado vehículo era muy capaz de acertar a cualquier blanco estático, por muy lejos que se encontrara, así que supuso lo que más tarde le comentaría M en el despacho de la cubierta 05:

- No podíamos destruir la lancha. Hubiéramos dejado una huella y esta, como la mayoría, era una misión encubierta. Era inadmisible, por mucho que usted se encontrara en grave peligro, 007.- hizo una breve pausa antes de continuar.- Por cierto, ¿ha traído el disco?

Por un momento, Bond pensó que le iba a preguntar si se encontraba bien, si le habían herido o, al menos, sobre qué tal le había ido. De nuevo, M le trató con su habitual desprecio, en parte provocado por la envidia que sentía hacia el agente secreto –que siempre cumplía con éxito sus arriesgadas misiones- y en parte por considerarle machista, algo que a M le irritaba especialmente.
- Sí, aquí lo tiene.- le dijo mientras le sacaba del bolsillo hermético de su traje de buceo. Se trataba de otro invento de Q, pues le había incorporado la capacidad de poder adherirse a cualquier prenda, lo que permitió a Bond llevarle en el interior de su equipo de infiltración cuando saltó al agua sin temor a que se le mojara.- ¡Tenga cuidado!- le advirtió Bond cuando estaba a punto de entregárselo a M. La dirigente del MI6, sorprendida y un poco asustada, retrocedió en espera de una respuesta.- Puede que esté mojado.- 007 la hizo sonreír con aquella sencilla broma. Era la mayor recompensa que podía obtener de una de sus operaciones. Y con eso, y un par de días de vacaciones en alguna ciudad provista de casino y bellas mujeres, le bastaba.

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