Masacre
Y entonces Bond fue a aquel lugar en el que se decía que nadie volvía con vida. No sabía por qué, pero tenía que ir. Nadie se lo había ordenado, ni siquiera el Servicio Secreto Británico ni M. Pero él tenía que ir. “Ya lo creo que tengo que ir”, pensaba. Tenía que ir porque así se lo dictaba su razón. Tenía que ir a por todas en aquella instalación. Parecía abandonada pero nada más lejos de la realidad. En cuanto entró, empezó a pegar tiros a diestro y siniestro, sin pensar si eran buenos o malos, si estaban armados o no. Debía matarles a todos y no sabía bien por qué. Era una paranoia. Más que eso, era una auténtica locura, pero lo estaba haciendo como si el peor asesino fuera. Ni Blofeld hubiera cometido aquella atrocidad, ya que no ganaba nada con ello. Los villanos a los que se había enfrentado cometían atrocidades, pero siempre con algún interés de por medio, bien dinero o bien poder. Pero Bond estaba allí, en aquella instalación, pegando tiros porque sí, sin ton ni son. Le apetecía y nada más.
Los cadáveres se agolpaban unos contra otros. Más y más gente aparecía huyendo por los pasillos, y más y más de ellos caían abatidos ante la ametralladora uzi del despiadado inglés. Era una locura. Una auténtica locura. Peor que cualquiera de las pesadillas que había soñado jamás. Con la diferencia de que aquello no parecía ser una pesadilla, ya que disfrutaba asesinando a balazos tanto a inocentes como a criminales, si es que realmente había algún criminal por aquellos lares. Era impresionante. Más de tres docenas de muertos había ya sobre la moqueta de los suelos de aquellas oficinas y laboratorios. Semejante barbaridad no cabía ni como fruto de la imaginación del más perverso de los seres humanos.
Afortunadamente, sólo se trataba de realidad virtual. Q había diseñado un nuevo modelo de su Sistema de Entrenamiento de Agentes (S.E.A.) con motivo de mejorar la experiencia y la eficacia de la anterior versión, no para que “el inmaduro de 007” se lo pasara en grande aniquilando a personajes digitales. Cuando Bond se quitó las gafas, no pudo evitar soltar su típica frase sarcástica:
- Esto sí que es un buen producto antiestrés y no lo que anuncian en la teletienda. Buen trabajo, Q.- a lo que el inventor respondió con su clásico “Madure, 007”.
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