Cualquier mision puede complicarse
El objetivo en aquella ocasión era bien simple: acudir a la cita con un compañero y recoger un paquete. Más sencillo que eso no lo había. No requería la utilización de ningún dispositivo ni más planificación que saber el lugar y la hora del encuentro, así como la contraseña de identificación, claro. Por si fuera poco, el destino era tan cercano que pude ir en coche.
No obstante, eso no quita para que uno deba ir atento y en estado de máxima precaución. Cualquier misión puede complicarse, tal y como me ha sucedido en tantas otras ocasiones anteriores. Desgraciadamente, esta se sumó a esa lista de operaciones en las que la improvisación se convertía en el factor crucial del que dependía tanto el éxito de la misión como mi propia supervivencia.
- Siéntese.- me ordenó el contacto nada más me acerqué al banco en el que se encontraba con un maletín sobre las piernas.- Le entregaré el paquete, esperará cinco minutos y se irá, ¿de acuerdo?- me extrañó aquella instrucción, sobre todo por la manera tan nerviosa como se comportaba.
- Primero, he de hacerle una pregunta: ¿tiene hambre?
- No, acabo de comer palomitas.- la contraseña era correcta, así que, en principio, no tenía por qué preocuparme.- Bien, aquí tiene.- me dijo mientras posaba el maletín en mis piernas. De nuevo, me extrañó cómo se movió. Le temblaba ligeramente el pulso, además de que trató con demasiada delicadeza al paquete, como si en vez de papeles llevaran algo más frágil. Por otro lado, apenas pesaba. ¿Por qué le temblaba el pulso entonces? Podían ser los nervios, pero me daba la sensación de que hubiera cargado con algo sobre los antebrazos.
- Un momento, antes de que se vaya, quería hacer una última comprobación.
- Recuerde que no puede abrir el paquete hasta que vaya a un lugar seguro.
- Sí, por supuesto, pero no me refería a eso. Sólo quería tocarle el antebrazo.- rápidamente le apreté, antes de que se negara. Aunque no le toqué demasiado fuerte, bastó para que quejara de dolor.
- ¡Ah, no haga eso!
- ¿A qué adivino por qué le duele ahí? Ha traído el paquete sobre los antebrazos, en horizontal, ¿verdad?
- ¡Pero qué tontería es esa! Le he traído cogiéndole del asa.
- Miente.- abrí el maletín y descubrí una serie de frascos llenos de un líquido amarillo.- Nitroglicerina, ¿no es así?- eso explicaba el que me hubiera ordenado esperar cinco minutos tras su partida: para que no le afectara la explosión que tendría lugar en cuanto me pusiera en pie.
Sin responderme, se levantó de un salto y se dispuso a huir. Entonces le hice la zancadilla en un veloz acto reflejo y cayó de bruces contra el suelo. Aproveché ese momento que tardó en levantarse y comenzar a correr para posar el maletín delicadamente sobre el banco, manteniéndole paralelamente al suelo en todo momento. Después me puse en pie y, golpeando la puntera de mi zapato derecho contra el suelo, activé una de las últimas invenciones de Q: una mira láser incorporada a la suela. Le apunté con ella a la espalda y, con un golpe del tacón, el zapato disparó un sensor diminuto, del tamaño de una moneda, que se le adhirió a la chaqueta. Evidentemente, no notó el dispositivo, así que continuó con su agitada huida mientras yo me tomé mi tiempo para vaciar los frascos de nitroglicerina, vertiendo el peligroso contenido por una alcantarilla.
Hecho esto, corrí hasta mi Aston Martin “Desvanecedor”, pulsé un botón del salpicadero y apareció una pequeña pantalla de radar. Simplemente tenía que seguir la señal intermitente para dar con el paradero del traidor, que ya se desplazaba por medio de algún vehículo motorizado. En pocos minutos le tuve delante de mí. Iba en una moto en dirección a la autopista. Sin lugar a dudas, se dirigía al aeropuerto.
Como no se percató de mi presencia –iba muy concentrado viendo las indicaciones y tratando de ir a una velocidad bastante superior a la estipulada-, opté por utilizar el dispositivo que hacía invisible a mi coche. Así, cuando llegó al aparcamiento del aeropuerto, le choqué por detrás lo justo para hacerle caer. Luego le agarré y le introduje en el maletero de mi automóvil lo más rápido que pude para evitar que la gente se diera cuenta de lo sucedido. Finalmente, puse rumbo al cuartel general del MI6, donde el traidor sería debidamente interrogado y juzgado. Espero que me dé la información necesaria para poder realizar la misión que se le había encargado y que, seguramente debido a un soborno, no llevó a buen puerto.
No Comments
Leave a comment









