Objetivo: 007
Queremos al agente 007 en la esquina de Flowers Street con Arrow Avenue mañana al mediodía o volveremos a volar por los aires otro centro comercial. Y esta vez lo haremos cuando esté abierto, no de madrugada.- esta había sido la petición del grupo terrorista de reciente aparición conocido como F.I.B. (Fuerza Imperio Británico), cuyos ideales tenían que ver con la restauración del poderoso Imperio Británico que antaño había dominado medio mundo. Eso era lo único que estaba claro. La petición de James Bond como precio para evitar una masacre no tenía sentido alguno. No exigían dinero. No exigían la liberación de presos. Ni siquiera un cambio de política en el actual gobierno. Sólo pedían a un agente secreto, el mejor del MI6, por otra parte. Bond estaba extrañado tanto o más que M, pero, como de costumbre, no pudo evitar soltar un chistecillo: “Me halaga que me aprecien más que a una buena suma de dinero”. Su jefa le siguió la juerga.- “Hay locos en todas partes.”
No había otra alternativa: 007 debía acudir. Pero, eso sí, primero pasó por la Sección Q para que fuera equipado más que nunca. Los gadgets invadieron no sólo su reloj y su cinturón sino también sus zapatos, su chaqueta y hasta los botones de la camisa. Por supuesto, le ocultaron varios localizadores, incluyendo una pastilla similar a la que usó durante la “Operación Trueno”, cuyo funcionamiento se basaba en la energía nuclear, no en la electricidad, de modo que era indetectable salvo a ojos del MI6.
Llegó la hora acordada. Bond se encontraba en el lugar señalado. Pasó una furgoneta negra a gran velocidad. Sus dimensiones eran realmente amplias, ya que se podía estar de pie en su extensa parte trasera. Le habían quitado los asientos, dando lugar a un habitáculo en el que los terroristas obligaron a su rehén a deshacerse de su ropa. “Pues empezamos bien”, pensaba 007, que había perdido todo su arsenal en el primer movimiento de la arriesgada partida. Luego le recorrieron el cuerpo con un escáner de metales –que no dio ningún tipo de aviso-, le dieron otra ropa y le vendaron los ojos. En el exterior realizaron una curiosa maniobra de distracción por si algún miembro del MI6 se ponía a perseguirles: de varias bocacalles salieron nueve furgonetas del mismo modelo y color. Como si de un desfile se tratara, fueron juntas hacia la autopista tras cambiarse de posición y carril repetidas veces. Finalmente, se dispersaron. Era del todo imposible haber seguido el rastro de la que llevaba a Bond… salvo si se atendía a la cápsula que albergaba su estómago.
Gracias a ese ingenioso invento de Q, las fuerzas especiales de la policía, algo así como los S.W.A.T. americanos o los G.E.O. españoles, acudieron al rescate en menos de una hora. Rodearon la cabaña en la que se habían alojado los terroristas. No tenían posibilidad alguna de escapar de allí. El líder del grupo de ataque pegó una fuerte patada en la puerta y… toda la cabaña estalló en mil y un pedazos. Todo apuntaba a que los terroristas se habían suicidado, acabando con la vida de Bond y varios de los agentes de policía.
En realidad, 007 se encontraba en un chalet a muchos kilómetros de allí. La razón por la que el MI6 no había detectado la pastilla oculta en su estómago era que le habían obligado a vomitar. Luego la habían cogido y se la habían pasado al conductor de otra furgoneta mientras se adelantaban unos a otros. Por alguna razón que aún desconocía, sus secuestradores conocían el modus operandi del Servicio Secreto Británico. Sólo podía haber una respuesta a esta incógnita: uno de los miembros del F.I.B. había sido agente 00. Más concretamente uno que tenía especial interés en Bond, bien porque le quería ver trabajando para su causa o bien para vengarse de él por alguna razón.
- Hola, James, ¿te acuerdas de mí? – le saludó Travis Falk, el que fuera su compañero 002, cuando entró en la habitación en la que habían atado a Bond.
“Oh, no, otra vez no”, pensaba para sí. Se iba a tener que enfrentar por segunda vez a un antiguo amigo, como ya le sucedió con Alec Trevelyan en la misión “Goldeneye”. Su gesto al verle indicaba bien a las claras que era el tipo de enemigo que menos le gustaba afrontar porque, como había ocurrido hasta ese momento, siempre se le adelantaba, siempre parecía saber cuál iba a ser su siguiente movimiento. Tal es así que incluso había eliminado cualquier posiblidad de que le fueran a rescatar: todo el MI6 pensaba que había muerto en la explosión de la cabaña. Tardarían días, seguramente semanas, en dictaminar que Bond no estaba en su interior. “Para entonces”, pensaba 007, “ya estaré muerto de verdad”.
- ¿Qué tal, Travis? ¿Orgulloso de ser el nuevo Alec Trevelyan?
- De momento, no, pero cuando logre mis objetivos, lo estaré, y con creces. Mi plan es mucho más ambicioso que el de ese vulgar ladrón.- le brillaban los ojos con tan sólo pensar en un futuro mejor para la decadente Inglaterra, uno en el que él sería el principal artífice y en el que obtendría un poder sin límites y un hueco en los libros de Historia.- Me gustaría que formaras parte de mi organización. Me serías de gran utilidad y serías generosamente recompensado, nada que ver con las llamadas telefónicas de agradecimiento del Primer Ministro. Incluso te dejaría elegir el ministerio que más te guste.
- Ni lo sueñes, Travis, ya sabes que yo sólo soy leal a su Majestad.
- Me imaginaba que dirías eso, pero tal vez consiga hacerte cambiar de opinión con este vídeo.- el ex-agente 002 encendió el televisor de la habitación e insertó un DVD en su reproductor. Lo que Bond vio en las imágenes le dejó sin respiración: un grupo formado por las últimas diez, tal vez doce, mujeres con las que había compartido aventuras y sábanas. Christmas, Jinx, Wai Ling, Natalya… eran algunas de ellas.- O colaboras con mis propósitos o todas ellas morirán. Si no aceptas antes de diez minutos, mataré a una. A los veinte, dos. Una por una. Cada diez minutos. Podrás verlo en este mismo televisor gracias a una videocámara que he instalado en la habitación en la que están encerradas. Cuando no puedas soportarlo más, grita y te encomendaré tu primera misión a mis órdenes.- se giró y se dispuso a marcharse, pero antes de abrir la puerta, se dio la vuelta de nuevo.- ¿Quién lo iba a decir, eh, James? Un 00 dando órdenes a otro 00, jajajaja.
La puerta se cerró. Quedaban menos de diez minutos para la primera ejecución y no tenía ni la más remota idea de cómo salir de aquel embrollo. Rendirse y trabajar para Travis parecía la única solución. Carecía de gadgets. Estaba atado a una silla. Nadie podía ayudarle porque todos pensaban que había muerto. Si en el supuesto caso que consiguiera salir de aquella sala, una docena de mujeres a las que había amado perderían la vida. Era del todo imposible hallar una salida para esa encerrona. Se había encontrado en multitud de situaciones dificiles, pero aquella parecía superar a todas ellas con creces.
Agotó algunos minutos más dándole vueltas al asunto. Se concentró al máximo, pensando en todas y cada una de las posibles soluciones. Tal fue su nivel de concentración que perdió la cuenta del tiempo. Habían pasado diez minutos. Vio entonces en la pantalla a un tipo armado con una ametralladora AK-47 entrando en la habitación de las chicas. Todas estaban atadas a sillas tal y como lo estaba Bond. El guardia dudó por un momento quién iba a ser la desafortunada que moriría en primer lugar y, al cabo de unos segundos, caminó en dirección a Wai Ling, la brillante agente china que ayudó a 007 en su misión contra Elliot Carver. Se situó a menos de un metro de ella y apuntó a su cabeza. En ese momento, la mujer efectuó un movimiento veloz como pocos, arrebatándole el arma al guardia con una mano que misteriosamente había conseguido liberarse. Luego le golpeó con la culata de la misma en la cara, la lanzó al aire para darla la vuelta y le disparó sin pensarlo un instante. El criminal cayó sin vida al suelo, pues le había acertado a la altura del corazón.
Bond se alegró enormemente al ver a la espía en acción, pero temía que la cámara con la que la estaba observando estuviera siendo vigilada por alguna otra persona. Viendo que pasaban los segundos y que nadie más acudía al habitáculo, supuso que, afortunadamente, sólo él había presenciado el imprevisto. Luego descubrió cómo Wai Ling se había deshecho de la cuerda que le había mantenido inmovilizada una de sus muñecas cuando hizo lo mismo con el resto de ataduras: sus uñas eran en realidad un gadget capaz de cortar. Así fue liberando a sus compañeras.
El siguiente paso que dio Wai Ling fue ordenar a las demás que la esperasen allí para no levantar sospechas. Entretanto, ella buscaría la salida más cercana, para lo cual se disfrazó del guardia que acababa de matar. No le serviría de mucho en distancias cortas, pero siempre era mejor que ir con su propia ropa. Además, era la mejor forma de llevar sus pertenencias: munición, un puñal, una pistola, un walkie-talkie… Las prometió regresar con prontitud y se fue, no sin antes entreabrir la puerta para comprobar que no había nadie en el exterior.
Subió por unas escaleras de madera que daban a un jardín. Se encontraban en el sótano de un chalet. Se acercó a la pared más cercana del edificio y observó a varios secuestradores por una de las ventanas. Pasó de cuclillas por debajo del alféizar y se dirigió hacia la puerta de entrada trasera, que daba a una cocina. Comprobó que no había nadie y entró con el mayor sigilo del que era capaz. Entonces alguien entró desde una de las dos puertas de la habitación. Se agachó y se ocultó tras la encimera central. El terrorista pasó por delante y, justo en el momento en el que se disponía a salir por la otra puerta, Wai Ling le agarró por el cuello y le puso la ametralladora a la altura de la sien.
- Si me dices lo que necesito saber, quizá te deje con vida.- le susurró al oído en tono amenazante. El secuestrador, aún con el susto en el cuerpo, ni siquiera asintió con la cabeza, pero la espía sabía que le iba a obedecer.- ¿Dónde está tu jefe?
- En el salón.- respondió con voz nerviosa señalando la puerta hacia la que se dirigía. Sin pensarlo dos veces, Wai Ling la dio una fuerte patada y llevó a su rehén cogido del cuello hacia su interior. Mientras avanzaba, emitió una ráfaga hacia los objetivos que allí divisó, acabando tanto con el líder –fuese quien fuese- como con dos de sus secuaces.
Los refuerzos no tardaron en llegar, pero Wai Ling acabó con todos ellos sin mayores dificultades porque les llevaba una clara ventaja: disponía de un escudo humano que le protegió de varias balas que de otra forma la hubieron dejado malherida o muerta. Tras los tiroteos, comprobó que el piso se había quedado vacío. Luego soltó el pesado cadáver con el que había estado cargado –perdió la vida en el primero de los enfrentamientos- y se dirigió al segundo y último piso. Allí encontró a Bond, atado a una silla y viendo la televsión.
- ¿Echan algo interesante?- le preguntó Wai Ling imitando el humor característico del inglés.
- Ya lo creo: no hay anuncios y todos los concursantes son mujeres.- le respondió 007 sonriente.
Soltaron una leve carcajada y la agente china se dispuso a desatarle, de nuevo usando sus útiles uñas. No tuvieron tiempo ni para iniciar una conversación, ya que el que fuera agente 002 irrumpió en la habitación y disparó a Wai Ling con una pistola. El británico debía haberse escondido en algún recóndito rincón porque la espía había garantizado la ausencia de más enemigos en la casa. Dado que estaba de espaldas a Travie y en frente de Bond, le perforó por la espalda, cerca del hombro, y cayó sobre el inglés, aún sentado y con los pies atados. Lo que hizo entonces 007 fue coger el puñal que llevaba su compañera en el cinturón, la empujó hacia su costado derecho, tirándola al suelo, y se le lanzó a Travis en un movimiento muy rápido y efectivo, pues le acertó en el cuello. No obstante, al líder terrorista le quedó un último suspiro de vida que aprovechó para volver a levantar el brazo y apuntar a Bond con su Beretta. El espía, una vez más, hizo buen uso de sus envidiables reflejos y se impulsó con los pies hacia atrás, haciendo que su silla se inclinara y cayera al suelo de espaldas. Gracias a esta maniobra, esquivó la bala que disparó su enemigo y que se hubiera introducido, casi con toda probabilidad, en su cabeza. Inmediatamente después, se desató los pies lo más rápido que pudo y se acercó a Wai Ling para ver qué tal se encontraba.
- No es grave.- le aseguraba la bella agente.- He salido de situaciones peores.
En efecto, tenía razón, pues su recuperación fue positiva desde el primer momento una vez la hospitalizaron. Entretanto, Bond disfrutaba de una suntuosa cena con sus once últimas conquistas. Había que celebrar por todo lo alto que habían sobrevivido a una situación poco menos que imposible. Y todo gracias a la increíble destreza de la que probablemente fuera la mejor espía del Servicio Secreto Chino: Wai Ling. 007 admitió que en aquella ocasión no hubiera sido capaz de salvarlas como ya lo había hecho en sus pasados encuentros.
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