Tres bajo par
Bond detuvo el carrito en el green, se bajó de él y colocó una pelota sobre la lisa hierba. Presionó un botón situado en la montura de sus gafas de sol para activar la función de prismáticos que Q le había incluido en ellas y con otro botón comenzó a manejar el zoom. En pocos segundos, localizó el paradero de un lujoso yate. Se hallaba a varios cientos de metros más allá del acantilado hasta el que se extendía el campo de golf. Concretamente a 523 metros desde su posición, según le indicaba el visor derecho.
Esperó apenas un par de minutos y una lancha motora se aproximó al yate hasta situarse junto a uno de sus laterales. Dos individuos vestidos muy elegantemente subieron a él por una escalerilla seguidos de cerca por cuatro guardaespaldas. Saludaron al anfitrión, Hugo Pérez, uno de los mayores contrabandistas de Miami, y procedieron a sentarse en una mesa situada en la terraza superior del vehículo.
- Es la hora de hacer el tres bajo par.- susurró Bond, tan sarcástico como de costumbre mientras tomaba uno de los palos de golf de su bolsa.- El hierro 5 debería ser suficiente.
Golpeó con todas sus fuerzas en dirección al yate, tratando de alcanzar no sólo la mayor distancia posible sino también la mayor altura posible. Rápidamente sacó el teléfono móvil de uno de sus bolsillos, observó atentamente la pelota y, al cabo de poco más de tres segundos, presionó la tecla 5. La pelota desplegó entonces un diminuto paracaídas y se mantuvo en el aire muy por encima del yate. Luego, presionó el 6 y comenzó a oír la conversación del trío recién iniciada a través del propio móvil. Ahora sólo faltaba que hablaran de lo que habían ido a hablar: las especificaciones de una gran operación de contrabando de drogas.
En efecto, Bond oyó todo lo que quería oír mientras el móvil lo almacenaba en su disco duro de alta capacidad. Una información realmente valiosa para que sirviera de prueba en un futuro juicio contra los tres traficantes de mayor actividad del continente americano. Con lo que no contaba era con que uno de los guardaespaldas divisara de casualidad la pelota de golf. Sorprendido al ver semejante esférico con paracaídas, se hizo con unos prismáticos y comprobó que, en efecto, alguien les estaba espiando con una pelota de golf. Divisó la zona y al único que vio fue a un jugador de golf con un teléfono móvil en la oreja. Sin embargo, no decía ni una sola palabra, sólo escuchaba. Estaba claro que aquel tipo era el que estaba detrás de aquello. Sin perder el tiempo, tomó un rifle de francotirador guardado en algún lugar del camarote, regresó a la cubierta del yate y disparó a Bond. Afortunadamente para el inglés, la bala no fue del todo certera, ya que colisionó en su teléfono móvil, destrozándolo en mil pedazos… junto a la valiosa grabación.
- Niño malo.- susurró mientras huía del lugar en el carrito a la mayor velocidad que le permitía semejante vehículo.- Habrá que pasar al plan B.
El plan B no era otro que recuperar la pelota de golf, dado que poseía otro disco duro en el que se almacenaba una copia de seguridad de la grabación. Una grabación que continuaba haciéndose, aunque la conversación se estaba dando por concluida. Contenía, por tanto, toda la información necesaria para impedir la futura operación de contrabando. Jamás antes una pelota de golf había sido tan valiosa como aquella Slazenger.
Bond llegó entonces a la salida del campo de golf ante la atónita mirada de los allí presentes. Aquel tipo debía tener muchísima prisa, pensaban al ver cómo el inglés derrapaba con el carrito para aparcarlo a pocos metros de la entrada principal. Le dejó de un salto y echó a correr en dirección al aparcamiento, donde le esperaba su flamante Aston Martin último modelo. Aunque nadie lo diría, dado que externamente era calcado al Aston Martin Desvanecedor que había conducido no hacía mucho para enfrentarse a los secuaces de Gustav Graves. Esta nueva versión del automóvil también disponía del dispositivo de invisibilidad, pero el número de “gadgets” había aumentado considerablemente.
Uno de ellos le vino muy bien para introducirse en la finca, completamente rodeada por un alto muro de piedra: un potente misil Stinger. Tal era su potencia devastadora que derribó toda una sección del muro, es decir, no generó un boquete, sino que cayó una porción de más de cinco metros de anchura. La gente de los alrededores, asustados por el estruendo de la explosión, se quedó anonadada al ver al Aston Martin entrar en el recinto a toda velocidad. Caras de asombro acompañaron a Bond en su largo recorrido, el mismo que hizo con el carrito, pero a una velocidad ampliamente superior. Los agentes de seguridad, movidos por el instinto, se montaron en sus carritos para hacer frente al infractor, pero antes ni siquiera de ponerles en marcha, se miraron los unos a los otros, como diciéndose “qué estamos haciendo”, y optaron por llamar a la policía con uno de sus walkie-talkies.
Entretanto, Bond estaba ya atravesando el green en el que había estado hacía unos minutos, pero no frenó ni se detuvo sino que continuó acelerando en dirección al precipicio que daba al mar por la zona en la que la pelota de golf se mantenía aún en el aire a una altura considerable. Los guardaespaldas del yate detectaron el lejano ruido del motor del coche y desviaron su atención hacia el intrépido conductor. El trío de traficantes, viendo que sus agentes les dejaban a un lado para mirar en esa dirección, se pusieron en pie para ver qué era aquello que tanto les llamaba la atención.
Pronto todos empezaron a reír al ver cómo el Aston Martin se tiraba por el gigantesco precipicio sin motivo alguno. Pensaron que debía tratarse de un acto suicida, pero lo que vino a continuación les hizo cambiar de parecer: de la parte trasera del vehículo emergió una especie de mástil que desplegó, a su vez, un cuarteto de hélices, tales como las que caracterizan a los helicópteros. Un instante después, se pusieron en marcha, frenando la caída del vehículo a pocos metros del agua. Es más, la matrícula llegó a mojarse, pero justo después el automóvil comenzó a ascender y tomar altura. En ese momento, el guardaespaldas que utilizó el rifle de francotirador cogió de nuevo sus prismáticos y observó que quien conducía el impresionante vehículo era el mismo que los había estado espiando.
- ¡Va a hacerse con la pelota de golf! – gritó a sus compañeros, aún atónitos ante la acrobacia que estaban presenciando. Q se hubiera sentido orgulloso con tan sólo haber visto aquellas expresiones.- ¡Disparadle!
Entonces, todos cargaron sus ametralladoras automáticas, apuntaron al peculiar vehículo y emitieron una lluvia ascendente de balas. Bond ni se inmutó, pues el blindaje con el que Q dotaba a todos sus coches le hacía literalmente inmune a un ataque de ese estilo. Así pues, continuó subiendo en dirección a la pelota de golf, guiándose por el radar que incluía el salpicadero, porque realmente no podía verla dada su extraña posición. Lo que sí pudo ver fueron las caras llenas de frustración de los traficantes y sus secuaces cuando se les agotó la munición. Sin embargo, le sorprendió que uno de ellos –el mismo que le había destrozado su teléfono móvil- no se rindió y fue corriendo al camarote del yate. Bond se temía lo peor: iría a por un arma de mayor potencia, justo cuando estaba a punto de alcanzar la pelota. De hecho, ya estaba abriendo la ventanilla para cogerla cuando el guardaespaldas volvió a hacer acto de presencia en la cubierta. Llevaba consigo un bazoka.
- Esto se pone feo. Vamos, ¡vamos!- gritó Bond a la pelota con un creciente nerviosismo al ver lo mucho que le estaba costando hacerse con ella debido al viento que provocaban sus propias hélices. En ese momento, en el que estaba ya rozando con los dedos el miniparacaídas de la bola, su enemigo colocó su arma en posición de disparo. Sin pensarlo dos veces, Bond cogió un pequeño dispositivo de la guantera, se desabrochó el cinturón y se deslizó a través de la ventanilla, cogiendo primero la bola y dejándose caer después. En ese instante, un misil salía disparado del bazoka, impactando y destruyendo al peculiar Aston Martin.
A Q no le va a hacer ninguna gracia, pensaba mientras descendía varias docenas de metros hacia el mar. Una vez sumergido, guardó la pelota y sacó de uno de sus bolsillos el diminuto aparato que había cogido de la guantera: un respirador, como aquel que ya había usado para infiltrarse en el gigantesco invernadero esférico de Gustav Graves.
- Sin duda, no ha sobrevivido.- exclamó lleno de alegría el guardaespaldas a sus compañeros. Habían pasado varios minutos y el espía no había emergido.- Se habrá ahogado al haber quedado inconsciente por la caída.
Pero nada más lejos de la realidad. Bond se encontraba buceando en dirección a la playa más cercana. Tenía tiempo de sobra, ya que hasta tres horas podía mantenerse bajo el agua gracias al genial invento de Q. Una vez pisó tierra, volvió a encontrarse con un sinfín de asombrados rostros, esta vez de bañistas, que no se explicaban cómo un jugador de golf se estaba dando un baño.
- Es que es una herencia familiar, me moriría si la llego a perder.- les comentó a los allí presentes mostrándoles la pelota de golf.
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